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El mítico desierto del sur de California, uno de los lugares más áridos y extremos de nuestro planeta, ha servido tradicionalmente para definir la curva que han de superar las startups en su ciclo de vida para sobrevivir, venciendo el gap existente entre el inicio de su actividad y la generación de ingresos, entre el desarrollo y la llegada al mercado.

Lejos de ser un problema exclusivo de las startups, esta travesía del desierto es un problema generalizado en nuestro entorno empresarial, mayoritariamente formado por pequeñas empresas sin músculo suficiente para crecer y superar la falta de capital e incluso de liquidez. Y si a esto le sumamos la situación generada por el Covid-19, el panorama es desolador. El número de empresas que no van a sobrevivir a esta crisis pandémica y a las medidas de confinamiento adoptadas en todo el mundo no tiene precedentes en la historia reciente.

Las ayudas que se han puesto en marcha desde las distintas administraciones para paliar esta falta de ingresos por parte de las empresas están siendo claramente insuficientes, descoordinadas, y en muchos casos no operativas por la carga burocrática que conllevan, o porque se están destinando a fines para los cuales no fueron concebidas.

Es cierto que se han movilizado muchos fondos nacionales y europeos para investigación en la búsqueda de una vacuna y de tratamientos efectivos frente al Covid-19, pero seguimos teniendo una gran brecha a nivel industrial, otro valle de la muerte entre la ciencia y el producto que llega al mercado para dar respuesta a las necesidades de la sociedad. Ni siquiera sabíamos que no estábamos preparados para fabricar mascarillas.

El propio modelo de especialización inteligente RIS3 enmarcado en la Política de Cohesión de la Unión Europea, no ha conseguido el impacto esperado a nivel de crecimiento y empleo, pese a concentrar recursos y esfuerzos. Es necesaria una mayor orientación a mercado y una mayor participación de la industria en su implementación.

La Unión Europea tiene una posición de privilegio en Ciencia, pero no así en desarrollo, donde la globalización industrial ha favorecido la polarización de la inversión productiva en favor de otros países, fundamentalmente Estados Unidos, China o Japón.

Algunos gobiernos en Europa y fuera de ella ya están pidiendo a sus principales industrias que repatríen capacidad productiva a sus países de origen, incluso se están abriendo las puertas a la nacionalización de empresas estratégicas. Y el impacto en Castilla y León de este repliegue de multinacionales puede tener efectos devastadores en nuestro ya de por sí débil tejido industrial.

Rafael Pérez

Responsable de FI Group en Castilla y León